India 2006
- mariacesponlorenzo

- 3 may 2025
- 10 Min. de lectura
Actualizado: 5 ago 2025

Recuerdo aquel verano de 2006. De forma precipitada y sin pensármelo mucho le dije a mi hijo que nos íbamos de vacaciones a la India. Entonces mi hijo tenía 18 años y se mostró encantado con la aventura de viajar, aunque me miró como si yo estuviera loca.
Comprar los billetes de avión ya fue una odisea. Pensando que saldría más económico, compré los billetes con vuelo desde Gerona. Después llegaríamos al aeropuerto de Stansted de Londres y tendríamos que pernoctar allí porque hasta el día siguiente a las 21.00pm, no teníamos vuelo a India desde el aeropuerto de Heathrow.
Así empezamos la aventura. Dormir en un aeropuerto no es cómodo y desde luego, yo no lo recomiendo a no ser que rondes los 20 años. Yo por entonces tenía 40.
Al día siguiente de nuestra llegada a Londres aprovechamos para hacer turismo hasta la hora de coger el metro y trasladarnos al aeropuerto. Realmente, pude comprobar, que mi loquera por buscar vuelos de bajo coste me había salido más caro que coger vuelos normales desde Barcelona.
Así nos embarcamos en un vuelo de 9 horas hasta llegar a Delhi. Cuando llegamos recogimos el equipaje y nos sorprendió que aquella zona estuviera tan desierta. Salimos a un parquin lleno de taxis y de niños limpiabotas. En general todos se acercaron a nosotros para vendernos sus servicios.
Algo que nos impacto a los dos fue el intenso olor que desprende India. Te aseguro que se te revuelve el estomago mientras no eres capaz de acostumbrarte a aquella mezcla de especies intensas mezcladas con olores humanos y olores del propio espacio.
Mi error fue no comprar un guía, así que acabamos pagando precio europeo por un taxi al que le pedimos que nos llevara a un hotel y éste nos llevó allí donde él tenía comisión y acabaron vendiéndonos un pack de turistas y cobrándonos también precio europeo por la habitación.
Tras dormir un rato para recuperarnos del viaje, salimos a descubrir Delhi. Curiosamente, nuestro sentido olfativo ya había integrado aquel terrible olor y ya no lo notábamos.
Fuimos al Main Bazar…

El Main Bazar es una calle llena de tiendas y hoteles de bajo coste. Realmente es un paraíso de compras si quieres comprarte ropa colorida y cosas típicas de India porque las tiendecitas venden a muy bajo coste a comparación de España y además descubrimos que todo se puede regatear.
Realmente, Delhi es una ciudad con muchos contrastes y muchos templos, que combina, una extraña modernidad con la sensación de haber retrocedido 100 años en el tiempo. Sus calles están llenas de turistas que pasean descalzos sobre un suelo lleno de suciedad acompañados de vacas anoréxicas que andan sueltas, personas que viven en la calle y piden limosna e hindús que sienten curiosidad por nosotros.
Durante nuestra estancia allí, también descubrimos que son un pueblo amable en líneas generales. Te ven haciendo fotos y posan para ti de forma espontanea o simplemente se paran a conversar contigo.
Volvimos al hotel contentos de haber viajado a India, pese que mi hijo quiso darse la vuelta en el momento que pisamos el parquin del aeropuerto. Tras una noche calurosa en la que pudimos descansar por el agotamiento del viaje, al día siguiente nos llevaron al aeropuerto. Aunque te cueste de creer, mi ignorancia y mi loquera de improvisar, hizo que no supiéramos cual era el destino al que nos dirigíamos.

Así aterrizamos en alguna parte con un diluvio universal cayendo sobre nuestras cabezas. Imitamos a la gente e hicimos cola para pasar por un supuesto control. Fue entonces cuando la cosa se nos descontroló un poco.
Un policía se acercó a nosotros pidiéndonos la visa. Yo le enseñaba nuestro visado y el hombre bastante irritado me decía que no. Que para entrar en Cachemira había que tener un visado especial. Intentaba cogerme del brazo para arrastrarme con él bajo la lluvia y yo me zafaba y le decía que no iba con él. Lo divertido es que yo no hablo ingles y por aquel entonces mi hijo se defendía como podía.
Finalmente vimos a un hombre que levantaba un cartel con nuestro nombres y que cuando vio que el policía intentaba llevarnos, se acercó, no sé bien que le dijo y el agente nos dejó ir. Respiré pensando que lo peor ya había pasado y dejé que aquel desconocido nos llevará hasta un bote en un lago. Éste le explicó a mi hijo que nuestro hotel era una barcaza en medio del lago.
Durante el camino pude observar horrorizada, que Srinagar, estaba llena de militares armados. Unos del ejercito hindú y otros del ejercito pakistaní. Miraras donde miraras veías soldados armados, y te garantizo, que eso, no te da ninguna tranquilidad.
Cuando llegamos a la barcaza y aquel hombre nos invitó a un té y nos explicó que Cachemira era zona de conflicto. También empezó a vendernos packs turísticos. Mi hijo le explicaba que nosotros preferíamos ir por libre y aquel desconocido pronunció las palabras mágicas: <Si no compráis los packs estaréis encerrados en la barcaza durante 10 días sin poder salir a ninguna parte>

Acabamos comprando una excursión a Pahalgam, que es como los pirineos, pero con una presencia militar importante, y, alguna visita guiada a Srinagar.
Para llegar a Pahalgam tuvimos que pasar por 9 controles militares en los que nos pedían el pasaporte y nos hicieron pasar por detectores y cacheos.
Finalmente llegamos al <pirineo hindú> y sin apenas descanso nos subieron a caballo para visitar la montaña. Encontrarnos con los militares que andaban a caballo con la botella de vodka en la mano, no fue muy agradable. Pese a ser un lugar hermoso, estresaba bastante verte rodeada de aquellos soldados que me ofrecían la botella para que bebiera con ellos y a los que con mucho tacto tenía que decirles que yo no bebo.
Tengo que reconocer que el lugar es hermoso porque India está bendecida por una hermosa naturaleza que se hace presente incluso en las ciudades. Tras la excursión a caballo descubrimos que la ducha no tenía agua caliente y tuvimos que ducharnos con agua helada. Pollo con picante para cenar y ya tuvimos el cuadro completo.
Al día siguiente amanecí vomitando y con fiebre. Mi estomago no tolera el picante, pero nuestro anfitrión esto le había dado igual, por lo que yo llevaba comiendo picante desde que llegué a Cachemira.
Lo que más me aterrorizó fue el hecho de estar en un país, que, aunque tiene médicos, el acceso no es tan simple y el sentir que no me podía permitir ponerme mal porque mi hijo estaba conmigo en un país ajeno al nuestro. Aquel hombre lo arregló con una pastilla. Realmente, no tengo ni idea que era aquel medicamento, pero desesperada por mejorar me lo tomé sin más.
Volvimos a Srinagar y durante el trayecto me bajo la fiebre y dejé de vomitar. Para cuando llegamos al lago, yo, ya estaba recuperada. Nuestro anfitrión no volvió a darme comidas picantes porque se lo prohibí terminantemente.

Nuestra estancia allí se convirtió en paseos en una especie de góndola por los diferentes lagos y en tours a los jardines de la ciudad, aún así, no acababa de sentirme cómoda ya que aquel hombre no hacía más que decirle a mi hijo que se volviera para España y que yo me quedará para ser su mujer. Creí que me moría y tuve que inventarme que estaba casada y que no creía que mi marido estuviera de acuerdo con su propuesta.
Llegó el día 14 de agosto. A nosotros nos quedaban ya muy poquitos días para irnos de allí y algo pareció enrarecer el ambiente. Llegó el hombre a la barcaza y nos dijo que parecía que el día de la independencia -15 de agosto- iba a ser complicado y que nos recomendaba marcharnos de Cachemira antes de tiempo.
Al parecer, un estudiante de 16 años había sido asesinado por los soldados armados. El chico iba andando cuando le dieron el alto… Él no se paró y los soldados dispararon acribillándolo a tiros. Cuando se acercaron al cuerpo sin vida fue cuando se dieron cuenta de que llevaba los auriculares puestos e iba escuchando música. El niño no los había oído cuando le dieron el alto y murió por la estupidez humana de hombres que sienten que tienen el poder de arrebatarte la vida porque cargan un arma en sus manos.
Le pedí a aquel hombre que nos sacará de allí el día 15 a primera hora. Las gente de Srinagar estaban totalmente indignados por la muerte de aquella criatura, y, como fue uno de los ejércitos el que perpetro el crimen, el otro estaba dispuesto al enfrentamiento por lo que había sucedido.
Ahí empezó nuestro calvario. Aquel hombre nos dejó básicamente sin nada como pago para sacarnos de allí. Tuve que esconder dinero y la cámara de vídeo entre mi ropa, pero se quedó con los móviles, la cámara de fotos, dinero en efectivo y no se quedó con mis bragas porque no se le ocurrió. Satisfecho con su extorsión, lo organizó todo para que saliéramos a primera hora de la mañana para Jammu.
El viaje, que tenía que durar 4 o 5 horas, duró 15 o 16 horas. Vimos la muerte de cerca por la condición de las carreteras al borde de un precipicio en el que los autos y camiones circulaban en ambos sentidos. Llegamos a Jammu a las 2 de la madrugada. La bienvenida fue un grupo de militares que tenía al mando a una especie de coronel hitleriano que quería quitarnos los pasaportes y nos decía, arma en mano, que allí, no nos podíamos quedar.
Conseguí convencerlo para que nos dejara quedar hasta primera hora de la mañana y él nos amenazó con tener serios problemas si no nos íbamos a primerísima hora. Acabamos en un hotel por el que volvimos a pagar caro por tumbarnos 4 horas antes de salir de allí a toda prisa.

Así salimos de Jammu y nos dirigimos a Dharamsala; concretamente a McLeod Ganj.
En el ecuador de nuestro viaje empezamos a relajarnos, a conectar con gente bonita y hacer amigos y a caminar con más confianza por la increíble India que no te deja indiferente.
McLeod es un pueblito, si se le puede llamar así, que tiene tres calles llenas de tiendas, hoteles y restaurantes al que van a parar todos los turistas que se aventuran en la India. Sede de uno de los templos del Dalai Lama, tiene una gran población tibetana. Eso lo convierte en un lugar de tranquilidad. Así descubrí que era mejor hospedarse en lugares tibetanos que no hindús.
Fue allí donde vi al Dalai que estaba impartiendo una especie de curso en su templo. Me chocó ver a los monjes y monjas tibetanas calzadas con bambas de marca, tomando coca cola y con móviles de última generación. También me decepcionó un poco ver que el Dalai no era tan cercano como parece en la televisión. Incluso dentro de su templo, va acompañado de dos guardaespaldas vestidos de monje y no se acercó a las personas que estaban en el patio del templo. Simplemente, saludó como si fuera un monarca, se subió a su 4 x 4 y se fue. La mayoría eran tibetanos y había 4 extranjeros.
La seguridad para entrar al patio del templo era estricta. Nos hicieron dejar bolígrafos, mecheros y revisaban bolsos y mochilas para entrar. También, en el momento en el que el Dalai bajo las escaleras, hicieron poner a todo el mundo agachado por debajo de él. Yo me quedé en pie y un monje vino a tirarme del brazo de malas maneras para que hincara la rodilla en el suelo y agachara la cabeza.
Le dije que no me tocara y simplemente, me agaché un poco para no tener problemas. Para mí el respeto por alguien no pasa por estar por debajo de él. El Dalai tiene un cargo político y religioso, pero no está por encima de nadie y lejos de parecerme un acto de respeto, yo lo veo como un acto de sumisión y de poder. Me fui del templo sabiendo, que aquel ser que siempre me había parecido cercano al mundo, me había decepcionado profundamente.
Cuando a principios de 2025 vi el vídeo en que le había dicho a un niño adolescente que le chupara la lengua y que había confesado que él sabía que había monjes de rango que habían abusado sexualmente de estudiantes pero que había preferido ocultarlo, perdió todo mi respeto.

Fue en McLeod donde también descubrimos <los oficios del hambre>. Vimos a muchas personas mutiladas, especialmente niños. Allí fue donde los propios lugareños nos explicaron que las mafias compraban a los niños a familias pobres y luego los mutilaban para que dieran más pena a la hora de pedir limosna.
También descubrimos que los niños vienen a pedirte dinero o comida, y, cuando les compras comida, a la que te despistas, ellos se van a la tienda y el tendero les cambia la comida por dinero. Así ellos pueden comprarse chucherías. Yo opté, por cada vez que venían a pedirme leche, comprarles un brik y dárselo abierto. La cara de los niños era un poema al ver el brik abierto; pero al menos bebían leche que es más nutritiva que las chuches.

Dos días antes de nuestro fin de viaje volvimos a Delhi y la vivimos con ojos nuevos. Si algo tuvo este viaje fue aprendizajes. Hicimos nuevos amigos, nos hospedamos en el Main Bazar, disfrutamos de los últimos paseos por una India que nos abofeteó al llegar y después se tornó más amable.
Volvimos a España repitiendo la experiencia de la ida. Tuvimos que cambiar de aeropuerto y dormir en el aeropuerto de Luton.
En este viaje aprendí que la improvisación, si no conoces el país al que viajas, es como una ruleta rusa. Si vas a la India en plan mochilero, te recomiendo comprarte una buena guía para saber de entrada donde dormir, donde comer y como interactuar con ella. Esto te ahorrara meterte en las fauces del lobo de entrada por tu ignorancia. De hecho, esto es lo que nos pasó a nosotros.
Fueron 25 días de aventura, y, pese a todo lo que vivimos, lo disfrutamos. Las personas son amables, te abren sus casas, les gusta conversar y les gusta compartir.

India es una tierra que no te deja indiferente con sus contrastes y sus submundos. Hay muchas capas ocultas a los ojos de los turistas y como en todas partes, tiene su fealdad y su gran belleza.
Muchos van en busca de espiritualidad a la India, y yo, pude comprobar, que lo que más ahí es religión. Conviven 7 religiones distintas y sí, las personas tienen verdadera devoción por sus Dioses y sus tradiciones. También hay gurús, ashrams, yoga, medicina natural etc., pero India no es, específicamente, un país espiritual. Hemos idealizado mucho este aspecto y no es exactamente su virtud más predominante.
En India millones de personas viven en las calles. Hay una exclusión inmensa en función de la casta en la que has nacido. Millones de personas pasando hambre, pidiendo en las calles, enfermas y muriendo de pobreza.
La espiritualidad está dentro de ti porque tú eres un Espíritu. Yo aprendí que no se puede buscar fuera lo que está dentro de uno mismo.
Me marché de India con un sabor agridulce. Pero ¿sabes algo? Dos años después me embarqué sola y volví… Aunque eso te lo explicaré en otro post.
India
Oscuras sombras inundan las calles, silenciosos quejidos de pena ahogada, la muerte pasea silenciosa, por los rincones de una tierra venerada.
Miles de ojos en la negra noche, miles de noches bajo mil miradas, miles de sueños perdidos en el viento, mil lamentos y esperanzas desterradas.
Almas durmiendo entre las sombras, bajo el manto negro de una noche de estrellas lejanas, vida y muerte danzando juntas bajo la luna, millones de seres viviendo vidas resignadas.
Y al despuntar el día y despertar la mañana, su gran corazón palpita y se levanta, para llenar el aire de colores y risas, para llenar el alma de cantos y esperanza.
Madre que late en la Tierra, con generosidad y amor, con pobreza y alegría, con espiritualidad y perdón.
Las almas más generosas, son las sombras en la negra noche escondidas, que con su humildad y sus sonrisas, son el corazón palpitante… de una india dormida.
María Cespón Lorenzo































































Comentarios